Despacho de Psicología, Psicoterapia y Psicoanálisis

Los trastornos de ausencia polaridad presencia ausencia

Boletín nº 23 de la AETG (Asociación Española de Terapia Gestalt)

«Vale la pena sentir para al menos dejar de sentir» [1] .

Los trastornos disociativos, según el DSM-IV-TR trastornos que están aumentando de forma notable en Estados Unidos, se caracterizan por una alteración de las funciones integradoras de la conciencia, la identidad, la memoria y la percepción del entorno. En palabras más sencillas son trastornos en los que las personas no están en donde están, no están enteras, o se dividen en varias, con el fin de evitar los estímulos dolorosos. Los podríamos llamar trastornos de ausencia.

De ahí que una polaridad para trabajar en la terapia sea la polaridad presencia-ausencia, especialmente con pacientes disociativos.

La disociación es una defensa y como tal protege al individuo. Estudios recientes relacionan la disociación con la historia traumática temprana en la que los hechos eran vividos en un estado de indefensión. De hecho se ha propuesto y estudiado como modelo el modelo animal del choque ineludible [2] . La protección de la defensa disociativa es tan radical que uno deja de ser uno y pasa a adquirir otra personalidad en los casos más patológicos. Ante lo que se vive como muy peligroso, uno deja de estar ahí, donde eso sucede.

Que esto sea así no es extraño. De hecho, en todas las religiones se dan prácticas disociativas que, dentro del marco en que se dan, pueden ser beneficiosas para los individuos.

Es decir, ausentarse de lo realidad siempre ha sido necesario y hacerlo frecuentemente y de forma integrada en la cultura podía prevenir la necesidad patológica de la ausencia.

Hubo tiempos en que la moda disociativa (es decir, la manera de ausentarse) era subirse a una columna y permanecer ascéticamente allí; representaba el triunfo sobre el mundo, el hombre extasiado sobre su columna ya estaba en otro sitio; en este caso en Dios mismo.

Los ritos iniciáticos, los bailes repetitivos y las danzas, los ayunos, determinadas formas de respiración sirven a lo mismo: Ausentarse del mundo, y lo han hecho a través de la historia en formas organizadas, en ritos colectivos que podían a veces terminar en catarsis de las que se volvía, se vuelve, renovados y dispuestos a seguir en la cotidianeidad.

Porque la presencia no tiene por qué ser algo que damos por supuesto. El hombre, dice Peter Sloterdijk, es «el metafísico animal de la ausencia».

La presencia se refiere a estar en el mundo y estar en el mundo de los sentidos. Pero para poder apreciarla es necesario haberse ausentado antes. Es como la vuelta a la naturaleza o a la vida en el campo. No es apreciada o sentida como tal hasta que es «regreso». Podría ser la presencia como el darse cuenta del mundo exterior sin pantallas intermedias. ¿Hay quién soporte eso de forma continuada? Peter Sloterdijk habla de «La autoexperiencia pánica del acto de presencia».

Y la ausencia sería como darse cuenta del mundo interior, igualmente sin interferencias de la capa intermedia, como si esa zona de fantasías, anticipaciones, deseos, etc, interviniera para mitigar la intensidad de la presencia o de la ausencia. Casi sería posible pensar en la evolución del hombre occidental como la historia de su alejamiento del mundo externo y del mundo interno a través de la inflación de ese colchón intermedio. Esto reconocería a esa capa intermedia una función (que ha permitido el desarrollo tecnológico y científico así como el arte, la literatura, la música…), al igual que los mecanismos neuróticos han tenido originariamente una función adaptativa.

En el momento actual se da una gran contradicción. No existen esos ritos de ausencia validados y, al mismo tiempo, existe mucha mayor ausencia de uno mismo en la vida cotidiana. ¿Cómo estar comiendo y viendo la televisión al tiempo, por ejemplo, con imágenes de cadáveres desmembrados? No es extraño, por tanto, que la disociación sea, en su diferentes manifestaciones, una patología en auge.

Por otra parte, la disociación es una de las manifestaciones de la histeria. Las personas histéricas [3] tenían su ámbito de expresión en esos ritos colectivos de los que hablaba. Podían tener, si eran personas religiosas, éxtasis místicos; podían en determinados ámbitos culturales permitirse exageradas manifestaciones emocionales; y si eso ya no estaba permitido podían ausentarse del mundo en la celebración de sus ritos religiosos, en los que otra realidad atraviesa a la realidad cotidiana ¿el sacerdote que bendice el pan y lo reparte no es Jesús mismo dando a comer su propio cuerpo?

De estos ritos de ausencia se volvía con una liberación de tensión interior que hacía más viva (o más soportable al menos) la presencia.

Nada que ver con nosotros ahora. ¿Cómo soportamos una continuada y forzada presencia en el mundo? Con drogas, con alcohol, con música: la musicalización mediática de la que habla Sloterdijk: «Olvido del ser desde todos los altavoces».

Las drogas ofrecen un buen ejemplo de lo que sucede con todas las polaridades: cada uno de los extremos de la polaridad contiene al otro. Las drogas se utilizan en muchas culturas para intensificar la presencia. Una utilización incompatible con la adicción. De un conjuro de un festín nórdico recoge Sloterdijk un relato con una «bebida que tenía un hondo propósito»…. «los hombres se saturan de fuerza»… «el tiempo se dilata de manera insoportable»…Pero nuestras drogas actuales (el alcohol, los alucinógenos), nos sirven sobre todo para escaparnos de nosotros mismos, para ausentarnos.

La polaridad presencia-ausencia tiene que ver con el contacto-retirada pero nos remite a algo más sutil y metafísico que esta última. Aún en el máximo contacto se puede tener una gran dosis de ausencia.

Presencia-ausencia tiene que ver también con situarse en el presente, si estoy en el ahora tengo más probabilidades de estar presente, pero de nuevo el presente puede estar lleno de ausencia. Un paciente disociativo puede decir: «Me doy cuenta ahora de cómo no puedo estar presente, de que no te puedo oír, de que me parece que tengo una gran sensación de distancia contigo».

Presencia-ausencia se relaciona también con la vida en el cuerpo. Se puede no sentir el cuerpo, haberse ausentado de alguna parte de él y esto es lo que refieren los pacientes disociativos. En la conversión, una forma de disociación de movimientos o sensaciones, es justamente lo que ocurre. Se puede llegar a insensibilizar un miembro entero, como si la conciencia no llegara ahí, como si el brazo o la pierna insensibles no formaran parte de la persona.

Con un paciente disociativo es útil tener en cuenta en todo momento su modo de estar presente en la terapia: si está en contacto con la sala, si está en contacto con lo que dice (congruencia entre mensajes verbales y no verbales), si está en contacto con la terapeuta. Y si no lo está o se dan ciertas incongruencias, investigar si al menos está en contacto con su ausencia. Los pacientes disociativos en seguida pueden relatar dificultades en esta área y reconocer esas dificultades supone que por primera vez en su vida van a ser entendidos.

Es realmente liberador (y así lo expresan) que alguien les reconozca su dificultad, porque la dificultad para estar presente les ha generado mucha culpa; culpa porque no han podido estudiar, o porque les han echado de los trabajos por estar idos, o porque han hecho lo contrario de lo que querían hacer cuando estaban con alguien que les gustaba.

Por la misma razón no se puede sin más señalar las incongruencias, decirles por ejemplo, «tus manos parece que están diciendo algo distinto», o devoluciones similares. Sería equivalente a decir a un obsesivo «siempre estás pensando en lo mismo». Trabajar la polaridad quiere decir para mí, que la terapeuta trabaje desde esa polaridad. Sea cual sea el tema tratado ¿tengo sensación de que mi paciente está aquí? e investigar eso incluso haciendo un paréntesis en el tema tratado. En este sentido lo fenomenológico se ciñe al «cómo» y un cómo comprensivo de la defensa disociativa, de la cantidad de ausencia que el paciente exhibe, más que al discurso.

Y en cuanto al discurso mismo, para un paciente disociativo es un constante esfuerzo para que no se le noten las ausencias. Los expertos en comunicación han descubierto que el contenido de un mensaje tiene dos vertientes: la del contenido o digital y la referente al aspecto relacional del mensaje, es decir, la analógica. Esta última representa en la comunicación más del ochenta por ciento. Precisamente marcar esas incongruencias entre las dos partes del mensaje forma parte del estilo gestáltico. Sin embargo en los pacientes disociativos, al revés de lo que hacemos habitualmente, tanto en la terapia como en la vida, la atención debe dirigirse al contenido por lo menos tanto como a la forma. Es importante lo que dice el paciente, aunque sus gestos no lo acompañen. Es su intento de comunicación desde su posición ausente.

BIBLIOGRAFÍA

Diane Chauvelot Historia de la Histeria Alianzaensayo 2001
Peter Sloterdijk Extrañamiento del mundo Pre-textos 1998
Mª Begoña Rojí Menchaca La Entrevista Terapéutica: Comunicación e Interacción en Psicoterapia. Cuadernos de la UNED 2001


[1] Fernando Pessoa. «Poemas de Álvaro de Campos». Poesía Hiperión 1998

[2] En contraposición a las situaciones en que el animal puede escapar con determinada conducta al choque.

[3] Histéricos somos todos desde que Freud descubrió el Complejo de Edipo; todos tenemos algo que reprimir y fijaciones en la etapa edípica.